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11.3.12

El laberinto


Hallábase un misántropo en un laberinto:
quien quiera que sea, quien no quiere ser.
Me ahoga su situación y
abogo a mi entendimiento.
Me desploma una ofensa y caigo,
en la misma oquedad
donde estaba el miserable.
Clamo por ayuda, pero nadie
se apiña con desapacibles mortales;
desisto.

Estoy al límite de la desdicha.

Una maraña en mi raciocinio
es como un corpulento desabrido;
y sigo debajo del umbral.
Es mi voluntad perderme en ese barullo,
de amigos y vecinos no conocidos.
Quien intente seguirme
se perderá, de seguro;
aún estoy afuera, aguardando,
y los fulanos consideran que estoy perdido.
Pobres, ellos que no saben que yo sólo espero;
una desgracia ajena
que me saque de esta cuestión.

No me internaré en lo oscuro
de ese infame laberinto,
me asusta el considerar
que haya alguien por ahí.
No voy a convertirme en un come hombres
porque sociopático no soy;
aunque filántropo no alcance a ser.

Ahí estaré
por un tiempo indefinido;
hasta que alguien por accidente
caiga al laberinto,
rendido.
No podré tolerar su desventura
y le socorreré. El desgraciado como retribución
me sacará del horrible caos
en el que no me encontraba metido.